Apreté su mano muy fuerte, con toda la fuerza que me permite la mía, pequeña y frágil, casi haciéndole daño, porque temía que si no lo hacía, vendría una tormenta llena de vientos que se lo llevaría para siempre (siempre siempre).
No fue una tormenta, solté su mano porque debía hacerlo (siempre hago lo que debo) y me diluí entre la gente con una punzada en la espalda. Desaparecí cantando una canción que debí haber cantado alguna vez para que me escuchara, no es que cante bien, pero debía escuchar lo que le iba a decir con la canción.
Cuando llegué, deshice la red de mis cavilaciones y dejé descansar el martilleo del corazón, encontré mi libro favorito, mi té favorito, mis pastillas "favoritas", mis anteojos desde ahora favoritos y un par de poemas de Benedetti que descansan tranquilamente en mi memoria, esperando volver a tener sentido nuevamente, en un año tal vez lejano, en un día tal vez soleado, en una tarde con más sonrisas que temores y en una vida con más deseos que obligaciones.

