Te miré, me miraste.
Alrededor del fuego, todo parecía cambiar.
Estaba en pijama, pálida, con ganas de llorar, con mucho frío.
Te acercaste y me alejé.
Tenía miedo, y creo que lo notaste.
Me fui, y pensé que no volvería a verte, te olvidé.
Al día siguiente estaba intranquila, desesperada...
Y abriste la puerta, me miraste y te miré como si nunca en la vida hubiese visto algo tan inoportuno.
Nos saludamos.
Cada vez que comías frente a mi mesa, no podía apartar mis ojos de los tuyos.
Y para nada me importaban las fotos si eras tú quien me las mostraba.
Y me ponía nerviosa, y tú también, y eras evidente.
Creo que quería encontrarte otra vez, y me quedaba en los pasillos.
Cuando supe tu nombre, lo memoricé instantaneamente y era como una canción que repetía hasta más no poder en mi mente.
Y cuando supe que querías irte con nosotros, creo que me alegré de sobremanera.
Jajaja, lo siento por sonar tan violenta al ofrecerte agua. Y gracias por mirar hacia atrás y ver si todavía ibamos de pie y si podíamos seguir caminando.
Y aún lamento no haber podido despedirme como correspondía.
Y sé que lo esperabas. Y sé que agitaste tu mano para encontrar la mia, pero lamentablemente no te pude ver.
Espero encontrarte, quiero encontrarte, porque sé que no fue casualidad conocerte. Porque sé que de cualquier forma y en cualquier lugar nos habríamos conocido.
Pacientemente esperaré, tal como ya esperé cinco años.