De repente nos quedabamos callados mirándonos. Yo me ponía a pensar en lo que pasaría por tu mente en ese instante y creo que te lo había dicho una vez, pues cuando mis ojos evidenciaban querer adentrarse en los tuyos para llegar a tu mente, tú, coquetamente me detenías con una exquisita sonrisa. Y ¿En qué piensas? Una pregunta, sí, la única manera que conocía para llegar a la respuesta que quería. Me decías que pensabas en el infinito, que imaginabas como hubiese sido yo si en el momento exacto habría puesto los límites. Retiraba mi mirada enfadada, pues sabias de antemano que aquel tema no me agradaba para nada. Muchas veces te había dicho que sí, que las cosas serían diferentes, que yo sería diferente, hasta te dije una vez que no estaría contigo, pues mi orgullo no me lo habría permitido, que no te hubiese buscado y no te habría sentido como una necesidad. Te dije también, que no me habría preocupado de alimentar aquella amistad, que no hubiese gastado mi precioso tiempo, y que sólo nos habriamos visto una vez de manera planificada, el resto, se lo entregaba al destino.
¿Qué hubieses elegido tú? ¿Que yo me hiciera una persona mucho más fuerte, o que en mi debilidad, camino a mi fortaleza te buscara a ti y compartieramos la receta de fortalecer el cáracter?
No sé en realidad, pero sólo una cosa te tengo que decir.
¿Qué cosa?
Que toda mi vida te había estado esperando, y que de una u otra manera te hubiese encontrado. Te ví en un rincón acurrucada queriendo esconderte de tus pensamientos, evitando los encuentros cara a cara, como también te pude encontrar de pie, bien erguida y a pesar de tu baja estatura, mirando hacia abajo a cualquiera que fuese igual a ti, resistiéndole la mirada a quien sea y sintiéndote invulnerable.
¿Tú crees?
Sí.

