No sé para qué hacía tantas preguntas, si todos sabíamos que no quería saber realmente las respuestas, de hecho, le molestaban.
Pero así era él.
Toda un vida se la pasó tratando de no llorar por sucesos que no entrañaban un daño en sí, pero su corazón era algo delgado y se aguaba con el menor atisbo de una pena, ya fuese propia o compartida. Lo bueno es que pronto volvía a sonreir como si nada hubiese pasado, pero todos sabíamos que maniáticamente guardaba cada pedacito de tormento para "saborearlo" a solas. No era tan terrible como parece, pues llevaba una vida bastante normal, como todos nosotros. A veces le tocaba hacer el aseo, y era lo que más amaba hacer, pues era una catarsis, sentía como si sacar la basura fuese sacar el daño; como si limpiar el baño fuese purificar su corazón y barrer fuese llevarse lejos todo mal pensamiento.
Cada mañana al abotonar la camisa apretaba un poquito los botones al tomarlos para tratar de hacerlos entrar en el ojal, esa era la manera de desquitarse de las lágrimas que no podía contener.
Escribía cartas al atardecer a alguien como un amigo imaginario, pero la verdad las escribía a sí mismo para no olvidar los detalles del día, porque temía olvidar y a pasar por alto algún detalle importante en el ajetreo acelerado.
Llegada la noche tomaba un vaso de leche tibia y dibujaba lo más bonito que hubiese visto en el día, para dejar afuera el pensamiento de que todos los días eran malos, pues la verdad no era esa, pero a él le costaba ver la verdad.
Antes de dormir, nos llamaba, a cada uno, para darnos las buenas noches.
A veces extrañamos ese llamado. A veces lo extrañamos, a veces nos extrañamos.
domingo, 17 de enero de 2010
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