domingo, 13 de abril de 2008

¿Qué viste Catalina?

Las palabras se entrecruzaban delante de sus ojos, no estaba enfocando bien. Definitivamente necesitaba anteojos. El ároma a parafina de la vieja estufa la mataba. Salió, caminó hasta el paradero, se mordió el labio y comenzó la espera de quince valiosos minutos. Pasaron tres micros que le servian. Cruzó la calle y volvió a su casa. Ahora, una sonrisa la acompañaba. Se olvidó de sus problemas de visión y siguió leyendo aquel e-mail en donde, cordialmente su novio le comunicaba el fin de la relación.

Catalina no era un persona estacionaria, pero si algo extravagante. Necesitaba constantemente de "signos" que le hicieran dar vuelta la página.

Descansaba en mi mente, dormía y despertó furiosa cuando le comenté que no podía olvidar. Me llevó a ver un hermoso río, en el cual derramé mis lágrimas. Me aconsejó tomar un baño, pero sólo sirvió para ahogar gritos secretos.

Un día me hizo soñar que perdonaba, y desperté feliz. Catalina había notado que muchas veces fingir en la mente una situación puede resultar de ayuda, de simulacro, para verdaderamente afrontar lo que viene. Catalina me dijo que un día cualquiera me acompañaría a dar y recibir el perdon que tanto queriamos las dos. Yo para seguir caminando, y ella para seguir bailando.


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