Tu sangre caía y manchaba las baldosas del baño. Yo miraba incrédula. Te gritaba, pero eran gritos sin voz, pues tú, no me escuchabas, seguias maniaticamente el curso del rojizo líquido que nacía de ti. Te calmaba. Y yo, me desesperaba al no ser escuchada. Tome tu mano con violencia y la coloqué bajo el chorro del agua. La sangre se diluía y tú volvías a la vida racional. Lloraste, lloré, me abrazaste y te apreté fuerte contra mi cuerpo, quise hacerte sentir protegida. No hice preguntas, no me diste las explicaciones que acostumbrabas a dar, sólo, me prometías entre lágrimas que no lo volverías a hacer. Tu sangre manchaba mi camisa, tú marcabas mi alma. Estabas ahi, pero por unos instantes no fuiste tú. Decidí dejarte ir, pero no pude dejar tantas cosas así como así. T e traje de vuelta al tiempo. Me trajiste de vuelta a la vida.
Siempre estaré contigo, prometí euforica y sin más palabras que dedicarte. No cumplí mi promesa, tu sangre me hizo acercarme y lo que llevabas en ella me hizo alejarme. Te tranquilizaba ver como te disolvías de a poco, como abandonabas todo lo que habías construido, te encantaba dejarme a través de gotas.
No sé que te trajo a la vida, no sé que te hizo volver. Dímelo, para así detener mi desvanecimiento progresivo, también, a través de gotas, pero gotas provenientes de la angustia; lágrimas, mi única forma permitida de expresión.
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