lunes, 16 de julio de 2007

Peras dulces del abuelo

Una pera dulce me manda mi abuelo. Es de aquel árbol que está detrás de los columpios. Yo siempre me preguntaba ¿cuándo estaran maduras? Esperé largo tiempo para probarlas, y hoy me mandó la última pera que había en el árbol.
Mientras la como, me dan ganas de que su dulce sabor traiga consigo la alegría a mi vida.
Recuerdo cuando era pequeña, lo feliz que me hacian los dulces que traía mi tía en las noches cuando llegaba de su trabajo. Lo pienso bien ahora, y no eran los dulces lo que me hacian feliz, si no, que era el gesto de mi tía, la intención que ponía al entregarnos a mi y a mi hermana esos diversos caramelos.
Mi pera se termina, y aumenta mi tristeza.
Si sólo fueses un poquito más dulce, si tus gestos fuesen algo más azucarados, si tus intenciones fuesen acarameladas, si sólo fueses más dulce conmigo, hoy, estaría feliz esperando.
Sabes, en realidad no quiero que cumplas tu promesa, en realidad ya me da lo mismo.
La pera me embriagó, pero no de felicidad, si no que de despecho.
No espero que seas dulce para mí, quiero que seas dulce para lo demás.
Me da lo mismo, ya no lo siento como un desafío personal, y si no resulta, no me pondré a llorar.

1 comentarios:

maderisticabro dijo...

Lo que pasa, es que mucha dulzura aburre.
Y que nadie, pero nadie te haga llorar, no de rabia, no de pena. De alegría ok, pero nada más. Nadie lo absolutamente malvado merece lágrima alguna.

(L)!